Mecanismo
El tercer paquete de la semana estaba esperándonos en la puerta de casa. Me agaché y lo intenté esconder. ¿Qué es eso? Te digo que nada, propaganda. Mejor no preocuparte. Estás en el tercer trimestre y te cuesta respirar cuando caminas. Tienes bastante con el embarazo.
Luego la sopa y el chocolate caliente mientras anochece. Un capítulo de la serie que te gusta con tus pies en mis rodillas. En alto para que no te duelan.
Luego te llevo a la cama y abro el paquete. Otra pieza. Esta vez un tubo de plástico. Encaja con la válvula que llegó la semana pasada. Lo escondo en el garaje.
Tu mano robusta en mi inmensa barriga. Esperando otra patada de nuestro bebé. Un piececito empuja por debajo de mi ombligo. Te ríes y acercas tu inmensa boca de tigre hambriento a mi barriga como para comerte su piececito. Me rascas con tu feroz barba de tres días. Yo te aparto sonriendo.
El cuarto paquete lo encuentras tú. Lo has abierto cuando llego del trabajo y estás mirando el contenido sobre la mesa de la cocina. Es una mascarilla de oxígeno. ¿Qué es esto? Te digo que no lo sé. Que no le des importancia. Se habrán equivocado. Me preguntas por primera vez qué había en los otros paquetes. Nada. No eran para nosotros. Andas patosamente con la mascarilla de oxígeno en la mano hasta el garaje. Adivinando inmediatamente dónde había escondido las otras misteriosas piezas del mecanismo. Tardas un par de minutos en conectar la mascarilla a la válvula y la válvula al tubo. Sabes lo que és. Ambos lo sabemos. Vimos a tu madre, con sólo 53 años, con un respirador exactamente como este agonizar en el hospital durante meses. Incapaz de escapar de la asfixiante enfermedad genética que vive dormida también en tí. Nunca hablamos de ello.
Miras incrédula el mecanismo. ¿Quién nos ha podido enviar esto? Y te echas a llorar. Cuando intento consolarte sales corriendo.
Dices que has notado algo. Mientras hacíamos el amor. Yo me río y te digo que tengas cuidado, no queremos hacerle daño. Dices que tendrás más cuidado la próxima vez. Que meterás sólo unos pocos centímetros. ‘Como tu marido’. Ambos nos reímos.
El cuarto paquete es difícil de ignorar. Contenía una bombona de oxígeno de un metro de alto. Lo miramos en silencio. No lo conectamos al resto de piezas. no hace falta. Reúnes fuerzas y preguntas quién podría ser tan cruel. Quién nos ha enviado estos paquetes. No. Digo simplemente que no. Ignorando que alguien pudiese enviarlo para hacernos daño. Como un aviso. Una advertencia imposible de ignorar del futuro que nos espera. Finalmente te pregunto. ¿Tienes algún enemigo? ¿Del trabajo? ¿Alguien que quiera hacernos daño? Permaneces en silencio. Deberíamos llamar a la policía. Dices que no. Y cogiendo todas las piezas sales a la calle y lo tiras todo al contenedor. Yo te observo desde la puerta. Orgulloso.
No estoy rara. Tengo muchas cosas en la cabeza. Pero insistes, me dices que estoy en otro sitio. Dices que te cuente. Y nos quedamos en silencio desnudos durante un minuto. Te miro a los ojos. ¿Tú nunca me harías daño, verdad? Te ríes, me acaricias el pelo y me preguntas a qué viene eso. Te digo que alguien quiere hacerme daño. Y me preguntas por primera vez si creo que mi marido sabe algo. No. No es eso. Él es tan dulce.
Tumbada en la camilla del hospital. Con la barriga cubierta del gel transparente agarras mi mano y miras el monitor de la ecografía. Estamos nerviosos porque hemos pedido, finalmente, que nos digan el sexo del bebé. Ambos queremos un niño. Tu enfermedad genética no afecta a los hombres. Esperamos apretandonos la mano. Temo que los paquetes han tenido mucho que ver con tu decisión de querer saber el sexo. La doctora se gira hacia nosotros. Y nos dice que es una niña.
Te pido que me agarres más fuerte del cuello, que me ahogues. Todo parece acelerarse cuando el bebé se remueve por abajo. Cierro los ojos y acabamos al mismo tiempo. Caigo sobre la cama tras un larguísimo orgasmo. Por primera vez desde que me dijeron que es una niña, empiezo a llorar desconsolada. Y tú me dices, también por primera vez, como un monólogo ensayado y oportuno, que deje a mi marido. Que viva contigo. Que vivamos juntos los tres.
Te pregunto otra vez si quieres hablar de ello. Dices que no. Que quieres ver un capítulo de la serie. Justo cuando cojo el mando de la tele ves por la ventana otro paquete. La caja de cartón como una pesadilla recurrente. Corres torpemente por el pasillo y abres la puerta. Miramos el contenido en silencio, incapaces de hablar o apartar la vista de la diminuta mascarilla de bebé.
Hijo de puta. No quiero volver a verte jamás. Me arrepiento de haberte conocido. Grito al móvil durante minutos sin respirar. Vomitando insultos. Temblando. Justo cuando cuelgo y borro tu número de teléfono el agua tibia por mis piernas inseguras y la presión. La presión.
Estamos tumbados con Lucía en la cama. Es preciosa. Se ha dormido agarrando mi dedo con su manita y con tu pecho en la boca. Tú también duermes. Yo no puedo. No quiero perderme nada. Estuvo tan cerca de no suceder que me aterroriza despertar mañana en esa otra realidad en la que estás con ese tipo tumbada en la cama con Lucía. Esa en la que mi plan falló y no supiste montar el mecanismo y lo descubriste todo.
